Un poema escrito entre todos

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A UN EURO
Cada día es una guerra
por sobrevivir en la Tierra.
Por rincones habitan,
y a la policía evitan.
Todo el día vendiendo
para ganar dinero.
Todo el día vendiendo
para seguir viviendo.
Vinieron al país
para buscar libertad
y se encontraron
con mucha desigualdad.

Uno de mis compañeros
caído.
Es lo único que veo.

Es por momentos que
parecen invisibles
y solo algunos entienden
lo que le hicisteis.
Míralos bien,
diles quién es
el mejor.
Hablemos de una vez.
Yo lo veo,
pero tú no lo ves.
En esta historia
está todo al revés.

Uno de mis compañeros
caído.
Es lo único que veo.
Me miran mal
por mi color.
No pinto nada
en este mundo de dolor.

Hoy he hecho con mis alumnos de 1º de ESO esta actividad de escribir un poema entre todos. Fijaos qué buen resultado.

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Machado en Rocafort

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He encontrado en otro blog este texto, y me parece que no tiene dersperdicio. Es muy interesante esa última etapa de Antonio Machado, ya anciano, en un país en guerra. En esa etapa, ante el desastre de la Guerra Civil, puede entreverse la profunda dignidad del poeta.

Si a alguien le interesa ampliar algo de este tema, recomiendo visitar este enlace:

https://machadoenrocafort.wordpress.com/testimonios/

 

MI ENTREVISTA CON ANTONIO MACHADOantonio machado 9

Por Pascual Plá y Beltrán

Rocafort [Valencia], asentado sobre el declive de un cerro enano, tiende lar­gamente sus pies al cercano mar donde las espumas marinas se confunden con las jaspeadas barcas pescadoras. La tierra fulge verdes rabiosos, amarillos tonantes y acalorados sienas, cruzado de continuo —de día y de noche— por ese rumor fresco que tiene el agua de las acequias. Estos son los pies de Rocafort. Su frente está coronada por un pinar menguado; de su hombro diestro baja en las noches del estío el azahar de los naranjales, cuyos huertos han ganado los hombres horadando en la piedra, a fuerza de sudorosos sacrificios: sangre, trabajo y tiempo. En este Rocafort levantino moró Machado algunos meses.
Ocupaba un bello chalet en la parte baja del pueblo, con un huerto de jazmines, de rosales y de limoneros. Este paisaje, en el crepúsculo de su edad, le recordaba su niñez en Sevilla. El edificio tenía —o tiene— un mi­rador abierto desde donde podía adivinarse el mar. En aquella pequeña terraza solía recibir Machado a sus visitas. […]
Yo había decidido aquella tarde ver al poeta. Era en agosto de 1937. […]

Me abrió la puerta una muchacha delicada, muy joven, sobrina del poeta. Me hizo aguardar en el jardín mientras ella subía a comunicar mi llegada. Los limoneros desgarraban sus ramas con la acongojada acidez de sus frutos. Reapareció la muchacha en lo alto de la esca­lera y con un gesto de su mano me invitó a subir. Detrás de ella di­visé a don Antonio; le acompañaba su hermano José. Me acogieron con tanta cordialidad que mi nerviosismo cesó. Fuimos a la terraza o mirador de que antes he hablado. Allí había una mesa, a cuyo alrededor tomamos asiento. Antonio Machado –con su perpetuo traje marrón– se sentó al frente; su hermano se colocó a mi diestra. “He frente a mí —pensé— al hombre sobre cuyos hombros reposa la más entrañable poesía española”.

Era conmovedor ver el cariño con que se trataban ambos hermanos. Es difícil ser artista y no poseer un rencor, una envidia, un veneno. “Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”, había escrito el poe­ta. Ahora hablaba con su ligero acento andaluz, con su dura timbrada voz agradable. De vez en vez requería el asentimiento de su hermano; éste corroboraba sus aseveraciones con una palabra, con una sonrisa, con un gesto, con una mirada. […]
—La llevada y traída y calumniada generación del 98, en la cual se me incluye […], ha amado a España como nadie, nos duele España —como dijo, y dijo bien, ese donquijotesco don Miguel de Unamuno— como a na­die ha podido dolerle jamás patria alguna. Pero los españoles habíamos soñado con exceso, habíamos vivido demasiado de nuestros antepasados, demasiado como milagro. Nuestro sueño cayó con la bancarrota de las últimas empresas ultramarinas. La razón contundente de nuestros fraca­sos nos demostró que podía lucharse, pero no vencerse con lanzas de papel. Recogimos velas, las pocas y desgarradas velas que aún nos que­daban, y nos volvimos patria adentro. Había que poner un poco de orden aquí. Nuestra universalidad, la universalidad de España, no puede ser ya una universalidad física, sino espiritual, No nos engañemos.

Del cielo encapotado, fosco, desprendióse una fulminante llamarada; seguidamente, se escuchó un imponente trueno. Comenzó a llover.
Yo dije, tal vez tontamente:
–El pesado balón de la tormenta /de monte en monte rebotar se oía.
Antonio Machado sonrió.
—No sé —dijo de nuevo— si han sido mis palabras o mis versos, que fluían en la mente de usted, los que han convocado la tormenta, pues no creí que fuera a llover esta tarde. Veo, también, que usted lee mis versos; yo no los leo nunca. No los leo, porque creo que los versos son intuiciones cuajadas, experiencias latentes, cuando son y significan algo; precisamente por lo que tienen de testimonios de momentos que fueron, de sombras del pasado, nos llevan fatalmente a la elegía. Yo dejo caer mis poemas como hojas frescas, como esas hojas de limonero tan relucientes bajo el agua, sin volver sobre ellos; así tengo la impresión de que permanecen tan juveniles como cuando los concebí y creé.
–Lo siento por usted, don Antonio —le interrumpí—. Debería leer al mejor poeta de España.
–Me basta —y su palabra cobró una entonación especial— con leer a Jorge Manrique y a Federico García Lorca. […]

Yo cometí otra pequeña indiscreción:
—¿Qué sabe de su hermano Manuel? —dije.
El rostro de Machado se iluminó.
—Es para mí una tremenda desgracia estar separado de Manuel —me contestó—. Él es un gran poeta. Él, además de mi hermano, ha sido mi colaborador fiel en una serie de obras teatrales; sin su ánimo, nunca esas obras hubieran sido escritas —hizo una breve pausa—. La vida es cruel a veces; a veces, es excesivamente dura. Pero este dolor nuestro, por profundo que sea, no es nada comparado con tanta catástrofe como va cayendo sobre el pecho de los hombres. Sin embargo, cuando pienso en un posible destierro, en una tierra que no sea esta atormentada tierra española, mi corazón se llena de pesadumbre. Tengo la certeza de que el extranjero significaría para mí la muerte.
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El texto publicado pertenece a su libro Prosas sueltas de la guerra (Agosto de 1937), págs. 2205–2212

Un Unamuno cercano a la muerte

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Unamuno

Morir soñando, sí, mas si se sueña
morir, la muerte es sueño; una ventana
hacia el vacío; no soñar; nirvana;
del tiempo al fin la eternidad se adueña.

Vivir el día de hoy bajo la enseña
del ayer deshaciéndose en mañana;
vivir encadenado a la desgana
¿es acaso vivir? ¿y esto qué enseña?

¿Soñar la muerte no es matar el sueño?
¿Vivir el sueño no es matar la vida?
¿A qué poner en ello tanto empeño?:

¿aprender lo que al punto al fin se olvida
escudriñando el implacable ceño
-cielo desierto- del eterno Dueño?

 

Este soneto lo escribió Unamuno el 28 de diciembre de 1936, tres días antes de su muerte. Decir esto, cercanía de la muerte, y añadir acto seguido “Unamuno” supone pronunciar palabras mayores. Don Miguel y su sentimiento trágico en vida, ese saberse mortal en todo momento, pero mucho más cuando sientes la muerte tan cercana.

Me impresiona, en este sentido, la constante presencia de la ñ en el poema, casi onomatopéyica. Ññññññññ, ese sonido tan desagradable, tan desagradable… como el aliento de la dama de negro en tu nuca.

Os dejo, además, esta grabación de la voz de Don Miguel. Verdaderamente impresionante.

La canción del pirata, de José de Espronceda

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espronceda
Este texto lo tiene todo: hermosura, garra, ritmo, lirismo, verdad. Es buenísimo.
A mí lo único que me sorprende es que fuese, posiblemente, el texto escolar franquista por excelencia, siendo, como es, uno de los mayores cantos a la libertad de la historia de nuestra literatura.
Espero que lo disfrutéis

Con diez cañones por banda,
viento en popa a toda vela,
no corta el mar, sino vuela,
un velero bergantín;
bajel pirata que llaman
por su bravura el Temido
en todo el mar conocido
del uno al otro confín.

La luna en el mar rïela,
en la lona gime el viento
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y ve el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
Y allá a su frente Estambul:

-Navega, velero mío,
sin temor
que ni enemigo navío,
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.

Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios la libertad;
mi ley, la fuerza y el viento;
mi única patria, la mar.

Allá muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra,
que yo tengo aquí por mío
cuanto abarca el mar bravío
a quien nadie impuso leyes.

Y no hay playa
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pecho
a mi valor.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios la libertad;
mi ley, la fuerza y el viento;
mi única patria, la mar.

A la voz de ¡barco viene!,
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar:
que yo soy el rey del mar
y mi furia es de temer.

En las presas
yo divido
lo cogido
por igual:
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios la libertad;
mi ley, la fuerza y el viento;
mi única patria, la mar.
barco-pirata
¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río:
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena
colgaré de alguna antena
quizá en su propio navío.

Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di
cuando el yugo
del esclavo
como un bravo sacudí.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios la libertad;
mi ley, la fuerza y el viento;
mi única patria, la mar.

Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.

Y del trueno
al son violento,
y del viento,
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios la libertad;
mi ley, la fuerza y el viento;
mi única patria, la mar.

Os dejo, además, la musicalización del poema que hizo Tierra santa.

Lluvia, de Raquel Lanseros. Cómo me ha recordado a A cántaros, de Pablo guerrero

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Raquel Lanseros
LLUVIA
No basta con ser libre.
No basta con tener derecho a serlo.
Un pueblo necesita voces que lo cohesionen,
mensajeras valientes del instante,
reflejos constelados del sueño colectivo.
Hacen falta palabras que construyan
el frágil edificio del destino común,
capaces de alumbrar en la caverna
el exacto retrato de quien queremos ser.
De vez en cuando nace
una voz transparente, insobornable,
tibia como el sabor de una promesa.
Entonces escuchamos la melodía del agua
y al fin nos damos cuenta
que está lloviendo a cántaros.

Esta semana he leído en clase, en el “ni un día sin poesía”, este poema de Raquel Lanseros. Me ha gustado mucho, y me ha recordado a la maravillosa canción de Pablo Guerrero.
Os dejo aquí la canción, para los que queráis escucharla.

Juan Ramón Jiménez y el alma de oro de Zenobia Camprubí

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Juan Ramón y Zenobia

Mientras que yo te beso, su rumor
nos da el árbol que mece al sol el oro
que el sol le da al huir, fugaz tesoro
del árbol que es el árbol de mi amor.

No es fulgor, no es ardor y no es altor
lo que me da de ti lo que te adoro,
con la luz que se va; es el oro, el oro,
es el oro hecho sombra: tu color.

El color de tu alma; pues tus ojos
se van haciendo ella, y a medida
que el sol cambia sus oros por sus rojos

y tú te quedas pálida y fundida,
sale el oro hecho tú de tus dos ojos
que son mi paz, mi fe, mi sol: ¡mi vida!

 

Hace unos meses que me encontré con este soneto de Juan Ramón y me dejó maravillado. Llevaba desde entonces queriendo compartirlo con vosotros y no encontraba nunca el tiempo que hoy encuentro.

El soneto pertenece al libro De ríos que se van, altamente recomendable. Juan Ramón lo escribe  en Puerto Rico mientras están tratando a Zenobia , en Boston, del cáncer que, desgraciadamente, no logró superar. Es un libro, por lo tanto, escrito en soledad y desde la distancia, agravada por la incertidumbre de la grave enfermedad. En ese trance, que puedo imaginar durísimo, el poeta es capaz de cantar al amor de su amada en estos términos, tan hondos, tan bellos.

Conociendo este soneto de amor crepuscular, de una brillantez extraordinaria, uno no puede sino preguntarse cómo es posible que siga circulando esa leyenda negra, ridícula, que cuenta, no se sabe muy bien con qué fuentes, que el amor de Juan Ramón por Zenobia fue oscuro, insano o incluso que llegara a los malos tratos.